Tu mente crea la realidad. El cambio comienza en uno mismo.

La mente crea la realidad. Cada mente su propia realidad, por lo que debe haber tantas realidades  como personas.  Cuando nos relacionamos unos con otros, de los encuentros y desencuentros de visiones, de las percepciones de nuestras realidades particulares, van surgiendo los conflictos y amistades, los amores y los odios, las asociaciones de intereses con los afines y las enemistades con los diferentes.  Basta echar una ojeada a la actualidad informativa para ver en acción el choque de realidades políticas, religiosas, culturales, económicas, personales, etc. Por no hablar de que una misma mente puede crear varias realidades en la propia vida de una: la  laboral, la familiar, la social, etc.

Por otro lado, así como la mente individual crea la realidad personal, las sociedades tienen una suerte de mente colectiva que genera la realidad colectiva o cosmovisión. De ahí que en la Edad Media, se creía que la tierra era plana y que el sol daba vueltas a la tierra. Al final del siglo XVII, se creyó que el mundo era como una gran máquina de relojería, y que se podían estudiar sus partes por separado ya que no estaban interrelacionadas. Se pensaba que el observador era ajeno a lo observado y que la materia era sólida, siendo el átomo su ladrillo fundamenta. Más tarde en el siglo XX  se descubrió que el átomo no es algo solido sino energía en vibración y que la mente del observador sí influye a lo observado (Heisenberg, principio de incertidumbre), que la mente influye en la realidad.

Según sea el observador, a realidad se la percibe y se la describe de una u otra manera. Para el paradigma Newtoniano del s. XVII la naturaleza    era un gran engranaje en el que cada pieza se podía separar del resto, mientras para el actual paradigma emergente, gracias a los descubrimientos de la física cuántica y las neurociencias, todo está interconectado: pensamiento, cerebro y células.

Los paradigmas  cambian, son como programas en las mentes de las personas, como los software de los ordenadores. Haciendo una analogía, el ordenador sería la mente, el software o programas son como los patrones de pensamiento. Cuando compramos un ordenador le vamos instalando los programas para nuestras necesidades. A los seres humanos nos pasa parecido, en la medida que vamos viviendo se nos van instalando programas. Nos los instalan: la familia, el colegio, el sistema educativo, la sociedad…  Y si un buen día hacemos un serio ejercicio de auto observación, descubrimos conductas, tabúes, certezas, dudas tendencias, lo que se considera verdad, lo científico, el bien y el mal,  lo que es o no deseable, etc.… que no sabríamos decir muy bien de donde han aparecido ni si estamos realmente de acuerdo con ellas. Funcionan como programas mentales o creencias, que a tanto de repetir las pensamos nuestros… nuestra realidad.

¿Tanto poder tiene la mente? Yo creo que sí. Ya se decía, el Dhammapada[1] «Todos los estados encuentran su origen en la mente, la mente es su fundamento y son creaciones de la mente; si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue la pezuña del buey». Estos estados mentales son el odio, el resentimiento, la venganza, que  son destructivos, que son tóxicos porque nos hacen daño, y le hacen daño a los demás, provocando que seamos la peor versión de nosotros mismos. Y continuaba el Dhammapada: “Si hablas y actúas con pensamiento puro, la felicidad te sigue como una sombra». Si miramos y percibimos a los demás y al mundo con una mente luminosa, positiva, el mundo es un lugar positivo y luminoso y sabemos que hay estados en nosotros mismos que nos gustaría que se repitieran por la felicidad que nos aportaban.     No se trata de cómo es el mundo, sino cómo somos nosotros; nosotros proyectamos lo que somos (ver cuento anónimo). De ahí que estamos empezando a develar un factor esencial de esta cuestión: la clave está en mí, no fuera de mí, en mi mente y los programas que tiene para interpretar el mundo.

El Kybalion[2] dice: «El todo es mente, el universo es mental. La mente infinita del Todo es la matriz del cosmos». Esta frase bien podría ser dicha hoy en día por la física cuántica. En la medida que los físicos miran la vida íntima de los átomos, han descubierto que la mente está íntimamente relacionada con la energía, y la energía íntimamente relacionada con la materia. En los años veinte(del siglo pasado) empezaron a utilizar los primeros aceleradores de partículas y descubrieron que cuando la mente del que realiza el experimento, piensa un comportamiento de la partícula subatómica, ésta responde a su pensamiento. Por lo tanto, tanto la tradición de la sabiduría perenne como la moderna ciencia de vanguardia nos hablan de que hay una total relación pensamiento-energía-materia. Energía y materia parecen ser los dos estados de una misma cosa; los científicos le llaman onda-partícula. Los fotones de luz se comportan a veces como partículas y a veces como ondas y el universo está repleto de ondas que atraviesan incluso el planeta entero. Los móviles utilizan ondas que atraviesan las paredes y siguen funcionando porque estas ondas se pueden transformar en energía.

La neurociencia concluye que aquello que piensas con más frecuencia determina quién eres y en lo que te convertirás. El pensamiento crea la realidad. Cuando hace años yo comencé a comprender las implicaciones de esta y otras premisas similares, me invadió un sentimiento de urgencia. Necesitaba investigar cómo funciona la mente, cómo el cerebro, y cómo llega crearse la conducta y patrones de comportamiento.  Necesitaba además herramientas y técnicas para modificarlos. Esa misma necesidad dio origen al  proyecto Sophia, impulsado por Francis J. Vilar y  Herminia Gisbert, y cuyo eje central es la Escuela de Sabiduría Práctica, con su selecto  programa de estudios. En él se recoge el elixir de la sabiduría perenne, fusionado y potencia con los revolucionarios descubrimientos de las neurociencias, dando como resultado es un programa práctico para transformación personal.

No vemos las cosas como son, sino que las vemos como somos. Si descubro cuáles son mis patrones mentales y los cambio, cambio mi futuro, cambio la realidad y me cambio a mí mismo. Las nuevas neurociencias ya han descubierto que las redes neuronales y el cerebro se pueden cambiar. En el siglo pasado se enseñaba en los colegios y universidades que las neuronas iban muriendo, que no nacían más y que íbamos perdiendo facultades con el envejecimiento. Hoy se sabe que no sólo es que se crean neuronas nuevas, sino que se deshacen viejos enlaces o redes neuronales y se crean otros nuevos para los nuevos patrones de pensamiento y de conducta. Es lo que se denomina neuro-plasticidad. El cerebro no es el pensamiento, sino que es el soporte para los pensamientos; si tengo nuevos pensamientos más holísticos, de crecimiento, de cambio, hay una nueva creación de redes neuronales. Y esto vale para curar enfermedades y para cambiar mi viejo yo para conquistar uno nuevo. El hecho de romper los hábitos de pensamiento, de actuación, de sentimientos, de percepciones, de comportamientos es lo que nos permite ver el mundo de una manera diferente.

 

 

 

Antonio Marí Planells

Profesor Escuela de Sabiduría Práctica

Director ejecutivo de la Fundación Sophia.

[1] Uno de los escritos fundamentales del budismo y que forma parte del Canon Pali.

[2] Texto atribuido a Hermes Trimegisto, de época griega, que recoge la tradición de la sabiduría egipcia.

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