Hace unos años, cuando una empresa me llamaba porque «había un problema», mi primera reacción era buscar la solución.
Era lo esperado. Para eso se contrata a un consultor, ¿no?
Pero con el tiempo —y especialmente gracias a la Facilitación Sistémica— comprendí que esa era una trampa.
Porque, muchas veces, la urgencia por solucionar un problema nos impide comprenderlo.
Y cuando eso ocurre, solemos terminar haciendo más de lo mismo.
Más reuniones.
Más protocolos.
Más control.
Más presión.
Y, paradójicamente, el problema continúa.
Entonces recordé una frase atribuida a Albert Einstein:
«No podemos resolver los problemas desde el mismo nivel de conciencia que los creó.»
No sé si Einstein llegó a decir exactamente estas palabras. Lo que sí sé es que describen con enorme precisión lo que observo cada día en las organizaciones.
Cuando el problema no es el problema
Hace poco, un gerente me decía:
—Antonio, tenemos un serio problema de comunicación.
Le pregunté:
—¿Cómo lo sabes?
Me respondió:
—Porque cada departamento va por su cuenta.
Podría haber empezado a hablar de herramientas de comunicación, reuniones de coordinación o protocolos.
Pero decidimos hacer otra cosa.
Empezamos a observar.
No solo lo que ocurría.
También cómo ocurría.
Poco a poco apareció una realidad distinta.
No era un problema de comunicación.
Era un sistema donde los roles no estaban claros, donde algunas personas asumían responsabilidades que no les correspondían y otras evitaban tomar decisiones por miedo a equivocarse.
La comunicación no era la causa.
Era el síntoma.
Y eso cambió completamente la conversación.
La mirada crea la realidad
Todos observamos el mundo desde nuestra propia historia.
Desde nuestras experiencias.
Desde nuestras creencias.
Desde nuestras heridas.
También las organizaciones.
Por eso dos personas pueden vivir exactamente la misma reunión y salir con interpretaciones completamente diferentes.
La Facilitación Sistémica propone algo que parece sencillo, pero resulta profundamente transformador:
Antes de intervenir, observa.
Observa sin prisa.
Sin necesidad de tener razón.
Sin buscar culpables.
Con auténtica curiosidad.
Porque cuando cambia el observador, cambia aquello que es capaz de ver.
Y cuando cambia lo que vemos, aparecen posibilidades que antes simplemente no existían.
Cambiar la pregunta
En muchas empresas las conversaciones empiezan así:
—¿Quién ha provocado este problema?
O así:
—¿Cómo hacemos para solucionarlo cuanto antes?
Son preguntas comprensibles.
Pero quizá no sean las más útiles.
La mirada sistémica propone otras.
¿Qué está intentando decirnos este conflicto?
¿Qué función cumple este problema dentro del sistema?
¿Qué dinámica estamos alimentando sin darnos cuenta?
¿Qué no estamos viendo todavía?
Curiosamente, cuando cambian las preguntas, empiezan a cambiar también las respuestas.
El papel del facilitador
A menudo me preguntan qué hace realmente un facilitador sistémico.
Mi respuesta suele sorprender.
No llego con soluciones.
No digo quién tiene razón.
No diseño recetas universales.
Mi trabajo consiste, sobre todo, en ayudar a que las personas observen su sistema desde un lugar diferente.
Como cuando alguien limpia el cristal de una ventana.
El paisaje siempre estuvo allí.
Simplemente ahora puede verse con más claridad.
Y cuando un equipo consigue verse con honestidad, suele descubrir que posee muchos más recursos de los que imaginaba.
Una invitación
La próxima vez que aparezca un conflicto en tu empresa, en tu equipo o incluso en tu familia, prueba a detenerte un instante.
Antes de pensar en la solución, pregúntate:
¿Estoy intentando resolver esto desde el mismo lugar desde el que se creó?
Porque quizá el siguiente paso no sea hacer más.
Quizá sea mirar de otra manera.
Y, desde mi experiencia, ese suele ser el comienzo de las transformaciones más profundas.
Una reflexión para terminar
Con frecuencia se piensa que la consultoría consiste en aportar respuestas. Yo lo vivo de otra manera.
Cada vez estoy más convencido de que las mejores transformaciones no aparecen cuando alguien trae una solución brillante. Aparecen cuando un equipo es capaz de verse con una mirada nueva.
Ese es, para mí, el verdadero valor de la Facilitación Sistémica: no cambiar a las personas, sino ampliar el espacio desde el que observan. Porque cuando cambia la conciencia del sistema, las soluciones empiezan a emerger desde dentro, y entonces el cambio deja de ser impuesto para convertirse en propio.